Cine animal
El estreno de War Horse (Caballo de Batalla) no es sólo el regreso del director Steven Spielberg a su vena más sentimental y épica. También nos recuerda que el cine es un arma poderosa que permite abordar todo tipo de historias desde los más variados puntos de vista. En el séptimo arte no faltan las obras en las que la mirada del reino animal al hombre nos ilumina, de una manera u otra, sobre nuestra propia condición. El caballo Joey, protagonista del drama bélico War Horse, atraviesa el frente aliado de la Primera Guerra Mundial para reunirse con su joven dueño, el humilde granjero Albert. Su odisea recuerda a la de otro equino heroico, El corcel negro (1979), una cinta familiar producida por el mismísimo Coppola en la que un niño y caballo negro se convierten en inseparables, después de ser los únicos supervivientes de un naufragio.
El caballo corredor Seabiscuit (2003), es otro equino capaz de afrontar los desafíos más duros de manera heroica, y que con su triunfal trayectoria en las carreras se convirtió en un símbolo de los más perjudicados en la Gran Depresión de los años 30. En El hombre que susurraba a los caballos (1998), Robert Redford, en su doble faceta de director y actor, nos contaba la historia de Tom Booker, un cowboy solitario con la habilidad de cuidar y cuidar de caballos heridos o traumatizados. Durante el proceso acababa recuperando también a su dueña (una jovencísima Scarlett Johansson) y enamorándose de la madre de ésta (Kristin Scott-Thomas).
Las odiseas cánidas han ocupado también han ocupado su lugar correspondiente en la historia del cine. Lassie es probablemente el perro más conocido del séptimo arte, aunque no debemos menospreciar el efecto de Hachiko (2009), un lacrimógeno drama en el que un perro callejero adoptado seguía esperando a su dueño (Richard Gere, en la versión americana) mucho después de que éste hubiera fallecido. La película está basada en la historia real de un perro en Japón. No nos olvidemos tampoco de Una pareja de tres (2008), un exitoso y reciente melodrama, basada en un exitoso best-seller y una historia real, en el que el perro Marley servía de excusa para retratar la vida en pareja de Owen Wilson y Jennifer Aniston durante más de una década.
Los perros han servido de excusa para el cine familiar en numerosas ocasiones: Beethoven (y sus numerosas secuelas); el antaño célebre Benji, De vuelta a casa, o las célebres cintas animadas 101 dálmatas (y sus dos adaptaciones en imagen real, con Glenn Close como Cruela de Vil) y Todos los perros van al cielo todavía tienen poder para mantener a los niños sentados en el sofá.
En Babe: el cerdito valiente (1995) conocíamos a un peculiar personaje porcino dedicado en cuerpo y alma a convertirse en perro ovejero. Babe era una combinación de animatrónicos y cerditos reales, pero sea como sea, su historia de superación personal conmovió a las plateas de todo el mundo y dio lugar a una secuela que le trasladaba a la ciudad. Se trata del mismo escenario en el que transcurre el cuento infantil de La telaraña de Carlota (2006), por no mencionar la célebre adaptación del aún más célebre libro de George Orwell nos cuentan la vida en la granja desde el punto de vista que nos ocupa aquí.
Otro protagonista bastante inédito fue el osezno de El Oso (1988), de Jean Jacques Annaud, cinta muda que mezclaba aventura y maneras casi documentales, casi enteramente protagonizada por animales salvajes. Igualmente salvajes eran los felinos protagonistas de Nacida Libre y El Gran Rugido (1981), esta última protagonizada por Tippi Hedren, y producida con dinero de su propio bolsillo.
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